lunes, 23 de mayo de 2011

La generación fujimori

El más grande éxito del gobierno del ex dictador Fujimori fue pauperizar el sistema educativo y terminar de deformar la política, con la corrupción y el terror institucionalizados como estandartes. Además, después de los pésimos gobiernos de AP y el APRA, nos insertó en un modelo económico neoliberal, que fue el punto de partida a lo que se puede denominar la generación fujimori: el antipolítico que goza del mercado sin preocupación alguna. Lo que trajo como consecuencia, un mayor fraccionamiento de la sociedad: por ley de gravedad -y corrupción- el dinero sólo fue para los más ricos. Y era lo único que importaba: el dinero.

Pero este modo de actuar, no sólo fue ejecutado por los que conformaban esa clase, sino que se replicó en casi todas las instancias de la sociedad, con sus matices respectivos. Además, la generación que crecía y comenzaba a estar en las universidades o iba al colegio fue manipulada al antojo del régimen del dictador, acentuándose los históricos rasgos educativos del clasismo y el racismo. Los pocos grupos opositores fueron debilitados, y varios de quienes los componían cambiaron de color, cual camaleón, acomodándose a la situación de acuerdo a lo que mandaba la plata (la nueva patria). De ahí en más, los grupos de resistencia quedaron en grupos de izquierda, AP, PPC, APRA, otros partidos, algunos sindicatos, lo mínimo que sobrevivía en las universidades, bajo el modelo de resistencia, atravesado por la egomanía de “yo soy la solución, yo tengo la propuesta”. Es decir, nunca se pensó con capacidad autocrítica en “¿No tenemos algo que ver en haber generado esta situación? ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué es lo que realmente se puede hacer en conjunto entre las otras fuerzas democráticas?”. Imposible, pues quienes ejercen/hacen la política en el Perú, con raros casos de excepción, tienen por rasgo una exacerbada intolerancia y una extraordinaria capacidad de egoísmo personalista donde muchos se vuelven “anti” y sólo protestan o sólo berrean como expertos politólogos. Es decir, sólo yo tengo la razón y soy incapaz de tolerar y de llegar a un acuerdo y el otro es el que tiene la culpa de no querer llegar a un acuerdo. Típica cháchara de la alta política peruana y sus distintos comensales, para excusarse.

La vuelta a la democracia no cambió mucho. Todos capturaron la frase “Yo luché por la democracia”. Cierto, ¿pero qué hicieron? El modelo económico donde un pequeño grupo se privilegia y uno muy grande queda relegado no ha cambiado; a pesar de las “buenas intenciones”. La corrupción sigue enquistada, pero no por la partidocracia, sino porque el peruano es así: un criollo, el rey de la pendejada. Once años después, a instancias de una elección que resulta sintomática de la pobreza espiritual que vive el país, nos enfrentamos a un momento esquizoide: o la hija del ex dictador asesino y su cúpula archimafiosa, sumándose a ello el poder del –nunca bienvenido, ultraconservador– opus dei o un ex militar que hace cinco años pregonaba una innegable actitud de imposición de fuerza y que hablaba en términos nacionalistas –cercanos al fascismo; ¿habrá aprendido a hacer política después de su maestría?–, cuyo principal asesor es Lerner Ghitis –que se ha paseado por todos los gobiernos y resulta un personaje muy cuestionable– y un grupo de izquierdistas que pregonaron el cambio con Toledo (¡Bienvenido Bush!) y otros que siguen apelando a modelos políticos desfasados. Tal vez, no han caído en cuenta de que la izquierda, ahora más que nunca es parte del voraz mercado.

El mercado es la ideología o el pensamiento de la “generación fujimori” y el que todo político refleja sin excepción de “izquierdas o derechas o centros”. El ciudadano de a pie piensa en su bolsillo, porque ese fue otro éxito del gobierno fujmorista: la total ausencia de conciencia social, que no distingue posición política o apolítica. Sumado al síntoma de la mala memoria peruana y del exceso de posiciones intransigentes –al punto de la agresividad– se está forjando un país día a día más fraccionado y resentido, donde el interés de la generación fujimori será “cómo salvo mi pellejo”: en la patria, en la plata.

Hay que cambiar. Y el cambio no viene de teorías revolucionarias dictadas en cátedras universitarias, ni por sentimientos progres y “solidarios”, ni por participar de una ideología “clásica”, no. El cambio debe venir por pensar en que se debe respetar la heterogeneidad de un país integrado por distintas culturas y aprender a convivir, dejando de lado todo tipo de mirada de menosprecio y el falso orgullo. Hay que crear conciencia social, memoria histórica, capacidad crítica y actitud consecuente. Hay que educarnos.



domingo, 22 de mayo de 2011

Oscura comunicación


Con tantas redes sociales, foros, páginas web, etcétera; nos hemos vuelto más crédulos. Lo que no pudieron hacer las sagradas escrituras (al menos no de fuera para dentro) lo han logrado los enlaces, las cadenas y correos masivos, los vídeos editados o los artículos fantasmas que circulan en la red. Todo lo que nos llega con un título sugerente, o con el nombre de una persona que adoramos u odiamos, nos llena de interés. Da igual si lo que está escrito es verdad o mentira, da igual si es algo importante o efímero, si es algo antiguo o nuevo, da igual todo, lo importante es compartirlo y repetirlo hasta que quede algo de aquello en la conversación cotidiana. Repetimos cosas que no sabemos de dónde salieron, quién las escribió o si alguien, por fastidiar, las inventó o las editó. Repetimos hasta la saciedad esas cosas creyendo además que así sabemos más, mucho más, tanto que nos sentimos grandes, cultos, informados. Sabemos tanto gracias a esas informaciones que dictamos sentencias en juicios que solo existen en nuestra imaginación.

Hace poco tiempo, cuando ya había televisión a colores, videojuegos y teléfonos inalámbricos; la gente que repetía rumores era mal vista. Se decía de ellos que no tenían nada que hacer. Que era gente que, como nunca leía o estaba mal informada, repetía lo primero que escuchaba en los “chismódromos” o en la prensa amarilla, llamada despectivamente “chicha”. Cuando se escuchaba este tipo de información uno se reía y se burlaba de las tonterías que se podía repetir dicha gente que terminaba condenada al destierro por mérito propio . Pero en estos tiempos modernos uno duda de lo que la gente con gran convicción repite o envía. Uno piensa cortamente, le da vueltas unos segundos y como hay que demostrar que se sabe mucho, se lo cree sin más y lo reenvía, y así hasta el infinito.

¿Nos hemos vuelto más bobos? ¿O simplemente nos sentimos más tranquilos creyendo cosas que nos hacen dormir tranquilos?

Polarizar una sociedad con tanta información que tira para dos lados opuestos, y que al final tienen la misma finalidad, nunca fue tan fácil. Genios los que se dieron cuenta que por más seres pensantes que “pensemos” ser, al final convencernos de una cosa era tan sencillo que no era más necesario usar la razón o si quiera tener que probar las cosas. El miedo fue, es y será siempre la forma más manejable (y cruel) de hacerlo: pero el miedo, por más que pasen los años y tengamos pantallas táctiles y cámaras webs, es una perturbación que nos hace perder el JUICIO. Y más aún si este miedo es a un daño imaginario, creado con una intención perversa.

Nos creemos cosas por miedo a que suceda lo que nuestra mente va creando gracias a esas informaciones.

Vivimos en una época en que todo es tan rápido que razonar o profundizar un tema es una pérdida de tiempo. Es aburrido pensar, y creemos que además es innecesario. ¿Para qué, si todo nos llega por Email o en un enlace? La pereza mental está tan instalada que somos solo capaces de leer algunos caracteres. Nos aburre todo y cuando vemos un texto largo buscamos los comentarios de la gente para hacernos una idea de lo que se habla. Compartimos sin discreción ni miramiento enlaces que nunca nos molestamos en comprobar de dónde vienen o quiénes lo crearon contribuyendo así a incrementar una sociedad desinformada, a pesar de todos los medios para comunicarnos que cada día aparecen.