El más grande éxito del gobierno del ex dictador Fujimori fue pauperizar el sistema educativo y terminar de deformar la política, con la corrupción y el terror institucionalizados como estandartes. Además, después de los pésimos gobiernos de AP y el APRA, nos insertó en un modelo económico neoliberal, que fue el punto de partida a lo que se puede denominar la generación fujimori: el antipolítico que goza del mercado sin preocupación alguna. Lo que trajo como consecuencia, un mayor fraccionamiento de la sociedad: por ley de gravedad -y corrupción- el dinero sólo fue para los más ricos. Y era lo único que importaba: el dinero.
Pero este modo de actuar, no sólo fue ejecutado por los que conformaban esa clase, sino que se replicó en casi todas las instancias de la sociedad, con sus matices respectivos. Además, la generación que crecía y comenzaba a estar en las universidades o iba al colegio fue manipulada al antojo del régimen del dictador, acentuándose los históricos rasgos educativos del clasismo y el racismo. Los pocos grupos opositores fueron debilitados, y varios de quienes los componían cambiaron de color, cual camaleón, acomodándose a la situación de acuerdo a lo que mandaba la plata (la nueva patria). De ahí en más, los grupos de resistencia quedaron en grupos de izquierda, AP, PPC, APRA, otros partidos, algunos sindicatos, lo mínimo que sobrevivía en las universidades, bajo el modelo de resistencia, atravesado por la egomanía de “yo soy la solución, yo tengo la propuesta”. Es decir, nunca se pensó con capacidad autocrítica en “¿No tenemos algo que ver en haber generado esta situación? ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué es lo que realmente se puede hacer en conjunto entre las otras fuerzas democráticas?”. Imposible, pues quienes ejercen/hacen la política en el Perú, con raros casos de excepción, tienen por rasgo una exacerbada intolerancia y una extraordinaria capacidad de egoísmo personalista donde muchos se vuelven “anti” y sólo protestan o sólo berrean como expertos politólogos. Es decir, sólo yo tengo la razón y soy incapaz de tolerar y de llegar a un acuerdo y el otro es el que tiene la culpa de no querer llegar a un acuerdo. Típica cháchara de la alta política peruana y sus distintos comensales, para excusarse.
La vuelta a la democracia no cambió mucho. Todos capturaron la frase “Yo luché por la democracia”. Cierto, ¿pero qué hicieron? El modelo económico donde un pequeño grupo se privilegia y uno muy grande queda relegado no ha cambiado; a pesar de las “buenas intenciones”. La corrupción sigue enquistada, pero no por la partidocracia, sino porque el peruano es así: un criollo, el rey de la pendejada. Once años después, a instancias de una elección que resulta sintomática de la pobreza espiritual que vive el país, nos enfrentamos a un momento esquizoide: o la hija del ex dictador asesino y su cúpula archimafiosa, sumándose a ello el poder del –nunca bienvenido, ultraconservador– opus dei o un ex militar que hace cinco años pregonaba una innegable actitud de imposición de fuerza y que hablaba en términos nacionalistas –cercanos al fascismo; ¿habrá aprendido a hacer política después de su maestría?–, cuyo principal asesor es Lerner Ghitis –que se ha paseado por todos los gobiernos y resulta un personaje muy cuestionable– y un grupo de izquierdistas que pregonaron el cambio con Toledo (¡Bienvenido Bush!) y otros que siguen apelando a modelos políticos desfasados. Tal vez, no han caído en cuenta de que la izquierda, ahora más que nunca es parte del voraz mercado.
El mercado es la ideología o el pensamiento de la “generación fujimori” y el que todo político refleja sin excepción de “izquierdas o derechas o centros”. El ciudadano de a pie piensa en su bolsillo, porque ese fue otro éxito del gobierno fujmorista: la total ausencia de conciencia social, que no distingue posición política o apolítica. Sumado al síntoma de la mala memoria peruana y del exceso de posiciones intransigentes –al punto de la agresividad– se está forjando un país día a día más fraccionado y resentido, donde el interés de la generación fujimori será “cómo salvo mi pellejo”: en la patria, en la plata.
Hay que cambiar. Y el cambio no viene de teorías revolucionarias dictadas en cátedras universitarias, ni por sentimientos progres y “solidarios”, ni por participar de una ideología “clásica”, no. El cambio debe venir por pensar en que se debe respetar la heterogeneidad de un país integrado por distintas culturas y aprender a convivir, dejando de lado todo tipo de mirada de menosprecio y el falso orgullo. Hay que crear conciencia social, memoria histórica, capacidad crítica y actitud consecuente. Hay que educarnos.
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