viernes, 3 de junio de 2011

La gran incógnita

Si Keiko Fujimori y su banda representan (con razón y muchos méritos) lo más repulsivo del Perú, qué y a quiénes representa Ollanta Humala. Ollanta Humala en primera vuelta representó a la parte del Perú que no entiende cómo un país que los últimos años ha crecido considerablemente en términos económicos sigue siendo igual para ellos, por no decir peor. Representa a esa parte de la población que la gente que ha mejorado su “estilo” de vida cree lejos, pero que sin embargo se cruza con ella todos los días en los semáforos, a los lados de las carreteras y por todos los lugares que transita cuando tiene que salir su distrito moderno y seguro.

Pero cómo llegó Ollanta Humala a ser representante de esta gran parte la población. ¿Acaso fue con un discurso moderado y construido que generó propuestas para beneficiar a esa gente? Lamentablemente no, sino todo lo contrario. Ollanta Humala empezó con un discurso muy violento y revanchista. Durante años repitió diestra y siniestra discursos, en diferentes lugares, sobre la necesidad de nacionalizar empresas privadas, quitar, expropiar y no respetar acuerdos ya firmados. Sólo en su etapa más moderada (los últimos meses) ha comenzado a utilizar la palabra “revisar”. Su discurso nunca fue un discurso pensado, sosegado; si no más bien un discurso que alimentó el resentimiento de esa población olvidada por los últimos gobiernos. Precisamente eso fue lo que se pudo observar en la mayoría de electores de Ollanta en la primera vuelta del 2006: personas con bajos recursos olvidadas y resentidas (con justificación) con una sociedad que miraba a otro lado. Obviamente, a aquellas personas no le importaba la democracia, ni mucho menos si Chávez le daba dinero a Humala; simplemente  votaba siendo consciente que lo hacía contra un sistema que no le garantizaba ningún beneficio.

De origen militar, Ollanta Humala siempre creyó más importante imponer ante la población una imagen de persona dura con carácter rígido a ser una persona que supiera escuchar los verdaderos problemas de sus electores. Si hubiera llegado al poder en el 2006 hubiese convertido al Perú, sin dudarlo, en un satélite del Chavismo, una opción que por más apoyo popular que en ese momento hubiese tenido en Venezuela, no habría sido la solución para el Perú. Ollanta Humala en un principio no tuvo ideas democráticas, por lo que es fundado el miedo de muchas personas en negarle su voto. El miedo lo instaló él mismo con sus declaraciones en mítines, sus libros o sus artículos en periódicos, entre ellos el famoso Ollanta, del que aparentemente se desvinculó recién después de varios años. Si antes nadie se interesó en darle tanta pantalla, titulares, portadas o entrevistas fue porque la gente que maneja los hilos del país nunca se vio amenazada por este personaje. Fue como la fatal guerra contra Sendero Luminoso, ignorada hasta que llegó a Lima y esa gente se vio amenazada por los subversivos. Pensaron que del 2006 al 2011 Humala desaparecería, pero con lo que no contaron fue que esa desigualdad económica en vez de disminuir aumentó.

Después de la elección de Susana Villarán como alcaldesa de Lima, el discurso en Lima cambió. A los medios afines al modelo económico que en los últimos años se ha venido desarrollando en el Perú , no les ha bastado con llamar “de izquierda”, “socialista” o “rojo” a este candidato para bajárselo como hace cinco años. Su intención de llevar al electorado a una lucha de ideologías no prosperó simplemente porque los candidatos al sillón presidencial no profesan ninguna ideología, sólo son candidaturas que se basan sobre promesas o simpatías; y porque los electores en el Perú no tienen formación ideológica, por eso siempre se tienen que conformar con votar “el mal menor”.

Pero, qué representa Ollanta Humala. ¿Representa realmente a la izquierda? ¿A cuál izquierda? ¿A la de Chavez, Lula, Zapatero, Mujica, Evo Morales o Kirchner? Humala sólo se representa así mismo. Su pasado no le deja bien parado en varios aspectos y como no tiene antecedentes en cargos públicos, y está rodeado por gente que ha cambiado muchas veces de “camiseta”, es un candidato que no se puede catalogar. Decirle candidato “de izquierdas” es demasiado abstracto para una persona que en 3 meses ha cambiado infinidad de veces su discurso y su plan de gobierno. Algunos lo catalogan como el salto al vacío, otros como el salvador que pondrá un punto de quiebre en la política social. Mal menor o no, lamentablemente para él, y para el Perú, Ollanta Humala, a pesar de sus promesas, sigue siendo una gran incógnita.

lunes, 23 de mayo de 2011

La generación fujimori

El más grande éxito del gobierno del ex dictador Fujimori fue pauperizar el sistema educativo y terminar de deformar la política, con la corrupción y el terror institucionalizados como estandartes. Además, después de los pésimos gobiernos de AP y el APRA, nos insertó en un modelo económico neoliberal, que fue el punto de partida a lo que se puede denominar la generación fujimori: el antipolítico que goza del mercado sin preocupación alguna. Lo que trajo como consecuencia, un mayor fraccionamiento de la sociedad: por ley de gravedad -y corrupción- el dinero sólo fue para los más ricos. Y era lo único que importaba: el dinero.

Pero este modo de actuar, no sólo fue ejecutado por los que conformaban esa clase, sino que se replicó en casi todas las instancias de la sociedad, con sus matices respectivos. Además, la generación que crecía y comenzaba a estar en las universidades o iba al colegio fue manipulada al antojo del régimen del dictador, acentuándose los históricos rasgos educativos del clasismo y el racismo. Los pocos grupos opositores fueron debilitados, y varios de quienes los componían cambiaron de color, cual camaleón, acomodándose a la situación de acuerdo a lo que mandaba la plata (la nueva patria). De ahí en más, los grupos de resistencia quedaron en grupos de izquierda, AP, PPC, APRA, otros partidos, algunos sindicatos, lo mínimo que sobrevivía en las universidades, bajo el modelo de resistencia, atravesado por la egomanía de “yo soy la solución, yo tengo la propuesta”. Es decir, nunca se pensó con capacidad autocrítica en “¿No tenemos algo que ver en haber generado esta situación? ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué es lo que realmente se puede hacer en conjunto entre las otras fuerzas democráticas?”. Imposible, pues quienes ejercen/hacen la política en el Perú, con raros casos de excepción, tienen por rasgo una exacerbada intolerancia y una extraordinaria capacidad de egoísmo personalista donde muchos se vuelven “anti” y sólo protestan o sólo berrean como expertos politólogos. Es decir, sólo yo tengo la razón y soy incapaz de tolerar y de llegar a un acuerdo y el otro es el que tiene la culpa de no querer llegar a un acuerdo. Típica cháchara de la alta política peruana y sus distintos comensales, para excusarse.

La vuelta a la democracia no cambió mucho. Todos capturaron la frase “Yo luché por la democracia”. Cierto, ¿pero qué hicieron? El modelo económico donde un pequeño grupo se privilegia y uno muy grande queda relegado no ha cambiado; a pesar de las “buenas intenciones”. La corrupción sigue enquistada, pero no por la partidocracia, sino porque el peruano es así: un criollo, el rey de la pendejada. Once años después, a instancias de una elección que resulta sintomática de la pobreza espiritual que vive el país, nos enfrentamos a un momento esquizoide: o la hija del ex dictador asesino y su cúpula archimafiosa, sumándose a ello el poder del –nunca bienvenido, ultraconservador– opus dei o un ex militar que hace cinco años pregonaba una innegable actitud de imposición de fuerza y que hablaba en términos nacionalistas –cercanos al fascismo; ¿habrá aprendido a hacer política después de su maestría?–, cuyo principal asesor es Lerner Ghitis –que se ha paseado por todos los gobiernos y resulta un personaje muy cuestionable– y un grupo de izquierdistas que pregonaron el cambio con Toledo (¡Bienvenido Bush!) y otros que siguen apelando a modelos políticos desfasados. Tal vez, no han caído en cuenta de que la izquierda, ahora más que nunca es parte del voraz mercado.

El mercado es la ideología o el pensamiento de la “generación fujimori” y el que todo político refleja sin excepción de “izquierdas o derechas o centros”. El ciudadano de a pie piensa en su bolsillo, porque ese fue otro éxito del gobierno fujmorista: la total ausencia de conciencia social, que no distingue posición política o apolítica. Sumado al síntoma de la mala memoria peruana y del exceso de posiciones intransigentes –al punto de la agresividad– se está forjando un país día a día más fraccionado y resentido, donde el interés de la generación fujimori será “cómo salvo mi pellejo”: en la patria, en la plata.

Hay que cambiar. Y el cambio no viene de teorías revolucionarias dictadas en cátedras universitarias, ni por sentimientos progres y “solidarios”, ni por participar de una ideología “clásica”, no. El cambio debe venir por pensar en que se debe respetar la heterogeneidad de un país integrado por distintas culturas y aprender a convivir, dejando de lado todo tipo de mirada de menosprecio y el falso orgullo. Hay que crear conciencia social, memoria histórica, capacidad crítica y actitud consecuente. Hay que educarnos.



domingo, 22 de mayo de 2011

Oscura comunicación


Con tantas redes sociales, foros, páginas web, etcétera; nos hemos vuelto más crédulos. Lo que no pudieron hacer las sagradas escrituras (al menos no de fuera para dentro) lo han logrado los enlaces, las cadenas y correos masivos, los vídeos editados o los artículos fantasmas que circulan en la red. Todo lo que nos llega con un título sugerente, o con el nombre de una persona que adoramos u odiamos, nos llena de interés. Da igual si lo que está escrito es verdad o mentira, da igual si es algo importante o efímero, si es algo antiguo o nuevo, da igual todo, lo importante es compartirlo y repetirlo hasta que quede algo de aquello en la conversación cotidiana. Repetimos cosas que no sabemos de dónde salieron, quién las escribió o si alguien, por fastidiar, las inventó o las editó. Repetimos hasta la saciedad esas cosas creyendo además que así sabemos más, mucho más, tanto que nos sentimos grandes, cultos, informados. Sabemos tanto gracias a esas informaciones que dictamos sentencias en juicios que solo existen en nuestra imaginación.

Hace poco tiempo, cuando ya había televisión a colores, videojuegos y teléfonos inalámbricos; la gente que repetía rumores era mal vista. Se decía de ellos que no tenían nada que hacer. Que era gente que, como nunca leía o estaba mal informada, repetía lo primero que escuchaba en los “chismódromos” o en la prensa amarilla, llamada despectivamente “chicha”. Cuando se escuchaba este tipo de información uno se reía y se burlaba de las tonterías que se podía repetir dicha gente que terminaba condenada al destierro por mérito propio . Pero en estos tiempos modernos uno duda de lo que la gente con gran convicción repite o envía. Uno piensa cortamente, le da vueltas unos segundos y como hay que demostrar que se sabe mucho, se lo cree sin más y lo reenvía, y así hasta el infinito.

¿Nos hemos vuelto más bobos? ¿O simplemente nos sentimos más tranquilos creyendo cosas que nos hacen dormir tranquilos?

Polarizar una sociedad con tanta información que tira para dos lados opuestos, y que al final tienen la misma finalidad, nunca fue tan fácil. Genios los que se dieron cuenta que por más seres pensantes que “pensemos” ser, al final convencernos de una cosa era tan sencillo que no era más necesario usar la razón o si quiera tener que probar las cosas. El miedo fue, es y será siempre la forma más manejable (y cruel) de hacerlo: pero el miedo, por más que pasen los años y tengamos pantallas táctiles y cámaras webs, es una perturbación que nos hace perder el JUICIO. Y más aún si este miedo es a un daño imaginario, creado con una intención perversa.

Nos creemos cosas por miedo a que suceda lo que nuestra mente va creando gracias a esas informaciones.

Vivimos en una época en que todo es tan rápido que razonar o profundizar un tema es una pérdida de tiempo. Es aburrido pensar, y creemos que además es innecesario. ¿Para qué, si todo nos llega por Email o en un enlace? La pereza mental está tan instalada que somos solo capaces de leer algunos caracteres. Nos aburre todo y cuando vemos un texto largo buscamos los comentarios de la gente para hacernos una idea de lo que se habla. Compartimos sin discreción ni miramiento enlaces que nunca nos molestamos en comprobar de dónde vienen o quiénes lo crearon contribuyendo así a incrementar una sociedad desinformada, a pesar de todos los medios para comunicarnos que cada día aparecen.